domingo, 27 de mayo de 2012

Loeb, en el Olimpo


Tercera victoria en el Acrópolis para el piloto francés, que, con 28 puntos más en la general y el cero de Solberg, domina cómodamente el Mundial por delante de Hirvonen, que completó el segundo doblete consecutivo para Citroën


Mira a todos desde un promontorio, con la magnificencia que le otorgan sus ocho coronas mundiales, como si contemplase el mundo desde esa elevada montaña en la que, según la mitología, habitaban los dioses olímpicos bajo el gobierno de Zeus. No es uno de ellos, tampoco un extrarrestre. Pero, a veces, lo parece. Tiene la mezcla perfecta entre talento, cabeza fría y capacidad de concentración, la suerte le sonríe a menudo, no suele fallar, mucho menos en los momentos decisivos... Y acostumbra a vivir un idilio con la diosa Niké.

Sébastien Loeb volvió a citarse con ella en el Peloponeso para pedirle que intercediera por él en el camino hacia su tercera victoria en el Acrópolis. Y lo hizo. Aunque bien es cierto que ese favor divino apenas hizo falta. Ya se encargaron los pilotos de Ford, Solberg y Latvala, de allanarle el camino errando al unísono, como en Portugal.

El sábado por la mañana el finlandés venía con todo, a ritmo de scratch. Y, cuando más cerca estaba de Loeb, a apenas dos segundos, en una nueva falla tiró todos sus esfuerzos por la borda al destrozar un neumático contra una piedra... Entonces recogió la espada del equipo azul su compañero Petter Solberg, que, de pronto, mostró una velocidad espectacular, atacando como un poseso el sábado por la tarde hasta colocarse a diez segundos de 'Seb'. La lucha entre ellos dos, años después, estaba servida.

Había emoción. El noruego ya había ganado en los tramos griegos en 2005, había brillado allí en 2008 en el debut del Impreza S15, y pretendía volver a hacerlo ahora. Pero salió con tantas ganas, ebrio de ambición, que arrancó una rueda nada más comenzar la jornada decisiva...

Nuevo disgusto para Malcolm Wilson. Y, para colmo, quiso el azar avinagrarle aún más la comida al inglés colocando en el antepenúltimo tramo una piedra en el camino de Loeb, que pinchó una de las ruedas de su Citroën, perdiendo más de un minuto respecto a Latvala. Pero, claro, a esas alturas, el francés, pese al contratiempo, ya tenía la situación más que contrlada.

Ya no había remedio, es cierto; pero resultó inevitable pensar que si Jari-Matti o Petter hubiesen sido capaces de no tocar la bocina de los errores, el rojo Citroën que protagonizó el podio del Acrópolis, con Loeb y Hirvonen, que comandan ahora en solitario la general del Mundial, festejando el segundo doblete consecutivo de la marca, muy buenamente se hubiera convertido en azul.

Pero los pilotos de Ford no están haciendo gala de la seguridad necesaria que requiere su equipo, la que sí demostró Sordo en Argentina, hasta que se quedó tirado por culpa del alternador. Y, también, todo hay que decirlo, en Grecia Loeb corría en casa de su diosa amiga Niké...

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